Enta o nuevo sindicalismo revolucionario d’a estudiantalla

Hoy publicamos un primer texto, un pequeño análisis de la coyuntura actual del sindicalismo estudiantil en Aragón. Es una crítica al sindicalismo oficial y al reformismo absoluto y oportunista que impera entre las organizaciones de la universidad de nuestro país. Con este texto damos inicio a la pequeña campaña que hemos llamado «Enta o nuevo sindicalismo revolucionario d’a estudiantalla» y que, pese al nombre, no busca añadir ninguna cuestión que no se haya visto ya en los ámbitos estudiantiles sino una reconstrucción ideológica de los planteamientos de un sindicalismo revolucionario que hoy prácticamente ha desaparecido de la universidad. Continuaremos publicando textos de esta índole que, pretendemos, sirva como base para la refundación de Universidat.

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Hacia un nuevo sindicalismo del estudiantado

El actual modelo de representación de los y las estudiantes en la universidad pública aragonesa es poco más que un timo. En Universidat creemos que el panorama sindical se halla en franca decadencia y que las organizaciones existentes, al margen de grupos históricos concretos, no son más que una amalgama de colectivos oportunistas y reaccionarios que reducen su espectro de lucha a cuestiones coyunturales, abstraídas de su contexto, y que por tanto no son capaces de plantear una respuesta real a los problemas de la educación.

Es evidente que los grupos destacables dentro del ámbito universitario siguen una línea ideológica socialdemócrata que en muchos casos busca protagonizar (y controlar) las movilizaciones estudiantiles desvinculándolas de su carácter combativo y de clase. Esta estrategia abominable y oportunista, que en muchos casos sólo sirve para frenar la rebeldía del estudiantado, sólo favorece a la clase dominante que busca por todos los medios evitar que los y las estudiantes se organicen bajo una ideología abiertamente revolucionaria.

Tiene una importancia incuestionable el desenmascarar estas prácticas de derribo de la autoorganización de los y las estudiantes. A este respecto es de destacar el transversalismo que caracteriza a los sindicatos estudiantiles aragoneses de hoy, que pretenden hacer desaparecer la división en clases y la lucha que entre ambas se da. Este discurso interclasista se produce como consecuencia, una vez más, de la abstracción de los problemas concretos de su contextualidad, de aquello que los produce y determina. Si lo que se pretende es, por ejemplo, únicamente luchar por una educación pública y de calidad lo que se está haciendo es generar un discurso que puede asumir con relativa facilidad la derecha y el empresariado. En otras palabras, reducir el discurso de los y las estudiantes a la lucha contra los recortes y las privatizaciones es caer en el reformismo. Del mismo modo ocurre con la cuestión de la representatividad: las organizaciones con más peso dentro de la institución universitaria actualmente engrandecen la cuestión de las elecciones y las representantes sindicales dentro de la universidad. Si bien es cierto que es importante contar con la representatividad como un instrumento para hacerse oír y solucionar problemas concretos de las y los estudiantes la lucha real por la educación no se puede hacer desde dentro de la institución pues pese a los intentos por maquillarlo su gobierno es arbitrario y responde siempre a los intereses del poder social. La representación claustral es algo que en un sindicalismo revolucionario ha de quedar en segundo plano, como el elemento menos importante de la lucha estudiantil ¿Cómo entender esto? Simplemente se trata de que los problemas de los y las estudiantes son concretos pero las soluciones que se les pueden dar desde el claustro son puramente formales, no definitivas, y esto se debe a que la causa de la problemática general del estudiantado no se encuentra dentro de la propia institución sino fuera, en el entorno político y social. Es preciso trascender lo propiamente educativo y abrirse desde una perspectiva estudiantil hacia el sistema en el que vivimos para no quedarse en las causas superficiales sino atacar a la raíz del problema, la causa última de los males de las estudiantes: el sistema capitalista y los paradigmas culturales en los que éste se encuentra instalado.

Queda pues, claro, que una de las principales necesidades de un sindicalismo alternativo (en el sentido de no ser como el imperante) es que éste se constituya como una fuerza no encerrada en lo educativo. El trabajo de un sindicato revolucionario ha de centrarse en las cuestiones educativas y estudiantiles sí, pero no ha de quedarse ahí, ha de explorar el ámbito que rodea su inmediatez y actuar allí donde crea necesario y en colaboración con quien crea más oportuno. En consecuencia, una organización estudiantil revolucionaria tiene que elaborar todo un discurso ideológico que encadene lo educativo con la necesidad de un cambio social radical. En este sentido el papel del rector o del claustro, o de las quejas sobre profesoras no dejan de ser nada más que nimiedades frente a la perspectiva del derrocamiento del capitalismo.

No se entiende cómo los sindicatos desinflan su discurso y lo centran en una problemática que saben tiene su causa en algo externo al centro de actuación que se autoimponen. Y cuando tratan de sobrepasar los límites del plano educativo van a parar a los pies del poder establecido, sin cuestionar su autoridad sino aceptándolo como legítimo. He ahí que se demuestra su absoluta sumisión al sistema, su marcado carácter reaccionario incluso de aquellos que se dicen más innovadores y progresistas. Esta estrategia se evidencia también en las calles, intentando frenar cualquier muestra espontánea de combatividad por parte de las personas estudiantes. Tratan de canalizar a través de sus organizaciones un descontento y una rabia que pudiendo expresarse de forma subversiva es domesticada y subsumida bajo la legalidad capitalista. Estos comportamientos, que a todas luces suponen una verdadera traición a la clase obrera, son otra muestra más de su amarillismo y su falta de valor frente a lo establecido.

Cuando no son los filiales de los sindicatos de trabajadoras afines al poder son una mezcla heterodoxa de supuestos revolucionarios bajo la bandera del más absoluto reformismo, y, si no, son las organizaciones estudiantiles de uno u otro partido socialdemócrata que pretende obtener su parte del pastel. Todos tienen en común que juegan a ese juego viciado que en la universidad trata de imitar al politiqueo parlamentario. Se les deja jugar a «ser políticos» en ambiente de total y vergonzoso peloteo y buenrrollismo interclasista. Como viene siendo habitual entre las organizaciones estudiantiles y juveniles que están dentro de las instituciones (especialmente creadas para ellas) todo se convierte en un intento por escalar puestos en base a una supuesta representatividad de las estudiantes y por figurar para el interés de uno u otro partido o sindicato. En ocasiones lo que se busca con el sindicalismo es un beneficio educativo, una práctica lastimosa que tristemente se observa día a día.

Ante este panorama el sindicalismo revolucionario no puede agachar la cabeza. Reivindicar que defender al estudiantado no es presentarse a las elecciones y repetir una y otra vez un discurso vacío de todo contenido político. Ellos, las organizaciones actuales de la universidad aragonesa, son los sindicatos del sistema, que de un modo u otro benefician al poder y perpetúan la dominación estructural de los grandes empresarios. Un sindicato revolucionario como el nuestro se constituye, como hacemos en este mismo texto, a partir de la crítica a la práctica y discurso de las organizaciones reaccionarias.

En definitiva, las organizaciones que hoy parecen monopolizar el movimiento estudiantil en nuestro país son el dispositivo que consciente o inconsciente sirve de apoyo al sistema para frenar la constitución de un estudiantado combativo y transgresor. El poder sabe algo que estos sindicatos reformistas desconocen; los y las estudiantes, como colectivo, se constituyen como un potencial sujeto revolucionario. Es la gran lección de Mayo del 68, que los y las estudiantes pueden y deben configurarse en una masa consciente y combativa que arrastre y funcione como piedra de toque revolucionaria para el resto de sectores sociales. Partiendo de este hecho se hace especialmente visible la labor de continencia que cumplen estas organizaciones, de despolitizar a la juventud, de reducir sus reivindicaciones a lo fáctico, a lo temporal e intrascendente. Un sindicalismo revolucionario politiza a los y las estudiantes, las lleva hacia posiciones que apuesten por el cambio estructural más allá de lo educativo o institucional. Es preciso que esa potencialidad revolucionaria del estudiantado se materialice pero eso no va a conseguirse desde posiciones progresistas o reformistas.

Más aún, es preciso concatenar las luchas estudiantiles, en cualquier acepción en la que éstas puedan darse, con el movimiento obrero. Las luchas de los y las trabajadoras tienen que verse reflejadas en la actividad política de las personas estudiantes. Tristemente tanto los sindicatos actuales de estudiantes y de trabajadoras intentan obviarse mutuamente (sólo formalmente pues en la práctica se sirven a sus propios intereses), pretendiendo una diferenciación estratégica que en realidad nunca se efectúa. La lucha última de los y las estudiantes, por la disolución del capitalismo, es la misma que la de los y las obreras, de ahí que no pueda haber una disociación entre ambos grupos tal y como parecen pretender muchas organizaciones del ámbito estudiantil universitario.

Se ha señalado la acuciante pasividad de las y los estudiantes con respecto a la representatividad sindical y el funcionamiento de la institución general. Es cierto que esa desafección puede estar causada debido a una enajenación muy común en la sociedad que lleva a los sujetos a desentenderse de lo político pero incluso en esto los sindicatos amarillos deben aceptar su responsabilidad. Desde una mirada externa el mundo de los sindicatos estudiantiles se puede observar cómo estos se perciben como algo totalmente intrascendente, que no responde a las necesidades profundas de los y las estudiantes. Esa visión de que lo sindical es un mundo de intereses y chanchullos está muy asentada y no va desencaminada. En el fondo hay que aceptar que el sistema educativo y al universidad no se puede cambiar desde dentro, desde las propias instituciones pues estas no están controladas por la comunidad educativa sino que responden, quieran o no, a una dominación política externa. Los únicos que obvian esto, y lo hacen formalmente, son los sindicatos que pretenden hacer ver que la participación institucional tiene una relevancia que en realidad no es tal. El estudiantado sabe que la representación tiene unas funciones pero que no se la puede extralimitar, que las líneas generales de la educación se eligen fuera y, por tanto, es ahí donde se debe actuar.

La mayor evidencia del fracaso del sindicalismo estudiantil oficial, el que hasta ahora ha venido imperando, es que con su estrategia de institucionalización y de aceptación de lo establecido no han hecho más que fracasar estrepitosamente. De nada ha servido su aparente incesante actividad contra las tasas, las privatizaciones, los planes de estudio y la reducción de presupuestos, la situación ha ido empeorando paulatinamente y los sindicatos de estudiantes no han sido capaces de dar una respuesta contundente. Si había alguien que creía que desde dentro del sistema educativo se podían frenar las reformas impuestas por el gran Capital, hoy ya nadie puede creerse semejante tomadura de pelo. Toda las protestas que se canalizaban por las instituciones educativas han sido obviadas dejando claro que contra el sistema lo único que sirve es la acción directa

El nuevo sindicalismo, el revolucionario, debe romper con todas estas concepciones reaccionarias y sumisas del poder. Debe usar las instituciones sólo para molestar y fomentar la desafección del estudiantado con el sindicalismo institucionalizado. Es necesario un sindicalismo combativo y de clase que devuelva el carácter transformador a los y las estudiantes de Aragón. Y en esta capacidad de sobrepasar lo educativo el sindicato debe plantearse todas las problemáticas políticas relevantes, debe adaptar para sí el feminismo político, la lucha internacionalista o la cuestión nacional como pilares básicos que conformarán su discurso. Además debe elaborar una praxis de calle, que no se limite a la protesta bajo los marcos del sistema, una práctica no sumisa que busque la lucha del día a día y no la movilización coyuntural.

Esta es la necesidad de Universidat, que renace como un sindicato revolucionario para contrarrestar la actividad de la reacción y el oportunismo. Es nuestro objetivo devolver el espíritu revolucionario al estudiantado, hacer un sindicalismo que deje al margen, en un segundo plano, lo institucional y se centre en las causas profundas de los problemas de los y las estudiantes. Un sindicalismo estudiantil  antifascista, independentista y feminista que luche por un control obrero de la universidad y contra una educación que sólo forma sujetos sumisos.

Universidat, estudiants independentistas y revolucionarias d’Aragón

Aragón, a 17 de abril de 2012

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